DOAN DOHI

El cuadragésimo patriarca fue el maestro Zen Doan Dohi. En cierta ocasión Ungo Doyo dijo:

– Para alcanzarlo debes convertirte en „Eso“ pero, si ya lo eres, ¿por qué te inquietas?
Al escuchar estas palabras el maestro despertó.

Circunstancias

Nadie sabe donde nació el maestro, pero lo cierto es que fue discípulo y asistente de Ungo Doyo durante mucho tiempo. Un buen día Ungo Doyo entró en la sala y dijo:
– cuando los monjes vomitan palabras deberían tener un motivo claro para ello y no hacerlo de manera negligente. ¿De que creéis que se trata? ¿cómo podría tratarse de algo sencillo? Cuando se os pregunte sobre este asunto deberíais ser plenamente conscientes del bien y del mal… Lo fundamental es no identificaros porque, de lo contrario, llegareis a otro lugar… Si sois personas que conocéis plenamente su existencia también sabréis custodiarlo y conservarlo adecuadamente. Al final no hablareis sin motivo y solo responderéis una de cada diez veces que se os pregunte. ¿Por qué? Es muy posible que no hicierais el menor bien hablando. La persona plenamente realizada es como un abanico al viento sobre cuyos labios se acumula naturalmente el moho sin realizar esfuerzo alguno. En tal caso… ¿por que estar inquietos?

Según se dice, en el mismo momento en que el maestro escuchó las dificultades que conllevaba esta búsqueda, alcanzo el despertar. Luego sirvió durante un tiempo al maestro Ungo Dojo. Después Doan Dohi vivió en el monasterio de Túng-an, en el monte Feng-hsi en Hung-chou, dedicándose a difundir la tradición de Ungo Doyo.

Cierta vez, un discípulo le preguntó:
-¿Cómo puedo dejar de pensar erróneamente?
-¿A quien le estas hablando? Preguntó el maestro
– ¿Qué es lo que debería hacer? – insistió el monje.
– Si buscas fuera de ti te alejarás cada vez más de él – replicó el maestro.
– ¿Qué ocurre cuando lo busco fuera? – inquirió nuevamente el monje.
– ¿Dónde está tu cabeza? – preguntó el maestro.
-¿Cuál es estilo de tu familia? – replicó entonces el monje.
Entonces el maestro respondió:

La gallina de oro que empolla sus huevos
Regresa a la Vía Láctea.
La coneja de jade, preñada.
Se adentra en el cielo púrpura.

¿Como darías la bienvenida a un huésped que aparece inesperadamente? Preguntó el monje.

Y el maestro respondió:

El mono coge el fruto dorado
En la madrugada.
El ave fénix mastica
Las flores de jade al anochecer
.

Cuando el maestro alcanzó este dominio siguiendo las instrucciones de Ungo Doyo dijo:

La gallina de oro
Regresa a la Vía Láctea.
La coneja de Jade
Se adentra en el cielo.

Siempre que daba la bienvenida a alguien, el maestro decía:

Cada día recogen los frutos dorados.
Cada noche se mastican las flores de jade.

Teisho

Aunque no haya superioridad ni inferioridad en las historias sobre la práctica del Zen deberías estudiar esta historia con mucho detenimiento. El hecho es que, para llegar al Yo, debes llegar a ser El. Por mas que busquéis erróneamente vuestra propia cabeza, es vuestra cabeza la que busca. Como dijo el fundador Eihei Dogen ¿Quién soy yo? ¡Yo soy el que pregunta “quien”!”

Cuando el Abad Liang-tsúi visitó a Ma-ku, éste cerró la puerta al verle llegar. Liang-ts´ui llamó entonces a la puerta y Ma-ku respondió:
-¿Quién eres?
-Soy Liang-ts´ui – respondió Liang-ts´ui, despertando en el mismo instante en que pronunciaba su nombre.
– No pretendas engañar por más tiempo al maestro. Si no hubiera venido y no te hubiera presentado mis respetos, habría malgastado mi vida en vano estudiando los Sutra y la escrituras canónicas – dijo Liang-ts´ui.
Cundo volvió a leer las escrituras se despidió de los congregados diciendo: “Se todo lo que vosotros sabéis, pero vosotros ignoráis lo que yo sé”.
El viento de la discriminación no puede penetrar en el reino del conocimiento. Solo cuando lleguéis a experimentar esto plenamente y que ni un solo instante habéis dejado de disputar de él. Cuando lo buscáis por medio del pensamiento, esa búsqueda también es el Yo y, cuando reflexionáis internamente sobre vosotros mismos, también es el Yo el que discrimina. El Yo es el único que utiliza los ojos, los oídos, la boca, el que abre las manos y el que mueve los pies. Pero ni las manos pueden asirlo ni los ojos sirven para verlo y, por consiguiente, no puede ser debatido en términos de sonidos ni de formas, ni tampoco es posible aproximarse a el utilizando los oídos y los ojos. Cuando lleguéis a experiemtarlo plenamente se disipará toda duda sobre la existencia del Yo. Si queréis entrar en ese dominio deberéis despojaros por vez primera de lo correcto y de lo equivocado, no depender de los demás ni identificaros con ellos. Entonces la Mente resplandecerá de manera natural con un brillo más intenso que el del sol y el de la luna. Su pureza es más pura que la escarcha y la nieve. El Yo se manifiesta como pureza y esplendor espontáneo, pero no es ciego ni inconsciente del bien y del mal.
No creáis pues, que exista algo separado del habla, del silencio, del movimiento y de la quietud, o alguien desconectado de la piel, la carne, los huesos y la medula. Pero tampoco debéis permanecer solos e inmóviles, sin pensar en vosotros mismo o en los demás, como si fueseis tarugos de madera y creer que la no mente es como la hierba o los árboles. ¿Cómo podría, la Vía del Buda, asemejarse al hierba o a los árboles? La creencia de que no existe yo ni otro, la creencia de que no existe cosa alguna es el nihilismo de los no budistas y la visión de la vacuidad de los dos vehículos inferiores. ¿Cómo podría equipararse la visión ultima del gran vehiculo a los dos vehículos inferiores? Cuando lleguéis y os establezcáis finalmente en la autentica realidad no podréis decir que existe, porque solo es una claridad vacía, y tampoco podréis decir que no existe, porque es resplandeciente y agudamente consciente. Esa condición no puede ser discriminada mediante le cuerpo, la boa ni la mente, ni tampoco puede ser discernida mediante el pensamiento, al conceptualización o la percepción.

Poema

¿Cómo podría transmitir esta verdad?

Si lo buscas con las manos vacías
Regresaras con las manos vacías
Solo podrás alcanzarlo
Cuando llegues a ese lugar
En el que nada se adquiere

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