OBJETIVIDAD

Bajo el cielo,

Causas y condiciones,

Sobre la tierra.

Si en el silencio no hubiese también ruido, no sería el eterno silencio. Si en la luz no hubiese oscuridad no veríamos ni la luz ni la oscuridad. Si en la soledad solo cabiese la ausencia, la soledad no podría revelarnos todas aquellas verdades que la normalidad tan deficientemente oculta. Como la verdad que la normalidad en realidad es un espacio tiempo en el que todo cambia y se transforma constantemente. Como la verdad que la luz y la oscuridad inseparablemente dependen la una de la otra o también como la verdad que en la soledad lo único que verdaderamente se ausenta es lo habitual, lo normal entendido como lo regular y normativo. 

Es tan obvia, tan clara la confusión entre la normalidad, la objetividad y lo normativo, tiene tal envergadura y esta tan cargada de contenido que estimo que hemos de dedicarles algunas palabras más. Y es que en la historia de la humanidad siempre ya se ha podido observar que mientras que la normalidad siempre ha significado bienestar y provecho para unos siempre ha equivalido a exclusión y rechazo para otros. Más allá también se puede observar sobre todo en la historia de la modernidad que la normalidad siempre ha transmitido un mensaje de impotencia. Algo que exponen los atributos y conceptos del éxito, del prestigio, de la relevancia social que para unos representa la normalidad y para muchos otros un sueño imposible de alcanzar. Lo que deja en evidencia que la normalidad más allá de ser solo un espejismo también representa un instrumento. Ya desde hace siglos el instrumento de aquellos que intentan de hacer de lo normal el ciudadano subordinado al orden sea secular o clerical. y por otra parte el instrumento de aquellos que intentan de hacer de lo normal aquel individuo individualista e independiente que la ilustración a través de la razón y su eslogan Libertad, igualdad y fraternidad siempre ha exigido. Así mismo observo también que también en la propaganda que consumimos todos los días esta apela más a la emoción que a la razón y que de esta manera también se hace partidaria de una determinada visión de la normalidad obstruyendo la visión clara de alguna manera satisfaciendo nuestros sentidos pero por otro lado dándonos también un sentimiento de inferioridad y de impotencia si no cumplimos con las expectativas de la así llamada “normalidad” . Llegando aquí queda claro que si hay algo que en la normalidad no existe esta es la imparcialidad y no solamente que no existan en ella la neutralidad y la ecuanimidad, sino que también se presta como instrumento. Un instrumento que en tiempos de crisis aún más agrava la confusión pues nos exige en último caso luchar o dar la vida por una normalidad que como hemos visto nunca ha dejado de estar libre de intereses y siempre ha obstruido la visión clara. 

Algunas veces a los practicantes del Zen se nos pregunta cuál es el mérito de la renuncia. Una pregunta que por supuesto no solo pone en evidencia una determinada perspectiva de lo que es la normalidad sino que más allá pone en evidencia el hecho que incluso la objetividad pocas veces cuestiona la propia imparcialidad. De esta manera la misma pregunta nos lleva a una respuesta diferente a lo que significa la renuncia en la práctica del Budismo Zen. Al hecho de que la renuncia no se trate de un rechazo del mundo cotidiano sino más bien en una valiosa oportunidad de hacer lo necesario para parar la confusión. Para llegar a la claridad del cuerpo y la mente en unión. Aquella claridad que nos posibilita hacernos conscientes de los patrones de conducta que influyen sobre nuestra capacidad de ver las cosas como son y a partir de ahí implicarnos en la vida desde una posición más sana. 

Si en el silencio no hubiese también ruido, no existiría en él también la memoria. No seriamos capaces de aprender de nuestros errores, no podríamos encontrar refugio pues seguiríamos viendo el bien y el mal solo como opuestos. Si no viésemos la oscuridad que hay en la luz las estrellas seguirían engañándonos pues seguiríamos pensando que están solo allí arriba, en los inalcanzables cielos. No veríamos como se reflejan en el fondo del rio. En el rio del recuerdo. En el fondo de un agua corriente que como tal siempre está fluyendo y cambiando de forma. 

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