
Bajo un pino,
La figura de piedra,
Guarda la calma.
Tranquilo, tranquilo que tanto en el más eterno mar, como en el más profundo silencio siempre habrá el latido de un corazón, que por tímido que se escuche y lejano que suene siempre estará recordando que ahí mismo donde estamos nada está perdido. Un latido que alberga en si el más escondido de todos los secretos, el más elevado, el más sagrado, que a la vez es el más evidente de todos. El secreto de aquí en este mismo momento estar vivos. Decimos que la inmensidad del silencio se mide cuando deja un pájaro un breve canto y que es justamente este el portador de lo infinito, pero no nos damos cuenta que ya antes de que el ruido irrumpiera anunciase la vida, el latido de nuestro corazón ya estaba presente.
¿Hacia dónde vamos, en que dirección nos dirigimos? Por más grande que sea el obstáculo y por más perdido que me crea entre el mar y el cielo, por más deshojado me sienta por el viento del otoño, estas ya han dejado de ser preguntas que me incomoden. Ya no son aquellas brújulas que ya antes de comenzar a dar pasos adelante condicionaba mi camino, pues las preguntas mismas se han convertido en las señales sobre el camino. Me pregunto ahora, si es esta la razón por la cual hasta el autoritarismo haya perdido su rostro de gran monstruo que pisa fuerte, pues en realidad este ya a nadie convence. Ni a mí, ni a sí mismo, ni a nadie. Y es que su contradicción es tan evidente. Es tan obvia la contradicción como la respuesta a la pregunta poque no se puede ser tolerante frente la intolerancia. Y es tan obvia la respuesta a la pregunta porque es erróneo ser tolerante frente a la intolerancia que su irrebatible sencillez ya revela varias y valiosas enseñanzas. Como por ejemplo que la intolerancia se reconoce ya cuando se niega el dialogo racional. Y es que al negar el dialogo racional, en realidad se está intentado de imponer el poder lo que es contrario a la tolerancia. Este es el momento en el cual la tolerancia elimina a la tolerancia. En el cual la contradicción pone en evidencia a la contradicción. Y porque llegando a este punto cuando uno se refiere a la tolerancia siempre aparece alguien que reclama el dualismo que lleva consigo el concepto de la tolerancia, pues para que haya tolerancia tiene que haber quien tolera a quien debe ser tolerado, le respondemos que esta es la base para cualquier convivencia: la aceptación incondicional de los diferentes puntos de vista. ¿Por qué me repito? Porque al parecer este es un obstáculo al que una y otra vez volvemos pues se nos oliva recurrentemente que la libertad en la sociedad justo comienza a perderse en aquel momento en el decidimos anteponer nuestra verdad subjetiva a la convivencia.
Por otra parte, eso sí, también es verdad que el obstáculo del olvido a la largo también termina por activar la memoria. Esta es una enseñanza que en la práctica de olvidarse de sí mismo se aprende minuciosamente y que vuelve a revelar que ahí donde hay dificultades siempre hay también valiosas enseñanzas y oportunidades. Siempre. ¿Por qué lo afirmo de manera tan rotunda, de manera tan absoluta? Porque esto es lo evidencia la realidad cuando aceptamos todo incondicionalmente sin apegarnos a nada. Lo único que queda es entonces es el constante cambio en cual acontece todo aquello que existe. En el Koan 22, del libro uno de la colección de 300 Koanes del maestro Dogen, el maestro Fuke (1), este solía tocar una campana y decir
– Cuando aparece la mente clara, la dejo que sea clara.
Cuando llega la mente obstruida, la dejo ser obstruida.
Cuando llega el viento de todas las direcciones, desde cuatro u ocho direcciones, dejo que sea un torbellino.
Y si aparece el espacio,
Le golpeare una y otra vez.
Con estos versos el maestro Fuke expresa la postura budista en cuanto a los fenómenos. No nos apegamos a nada, ni a nuestra comprensión, ni a la claridad y de esta manera de forma podemos ser libres de manera natural. Si nos confundimos, si cometemos errores, seguimos adelante con la convicción de que aun el espíritu confundido en ningún instante está separado de su naturaleza original, la naturaleza de Buda.
Todos los años en el octavo día del duodécimo mes conmemoramos en el Budismo Zen la iluminación de Buda Shakyamuni. Dice la tradición que después de afrontar numerosas dificultades, cuando Shakyamuni contempló la estrella del amanecer alcanzó la iluminación y en ese mismo instante, dijo: – Todos los seres, la gran tierra y yo hemos alcanzado simultáneamente la Vía. En el Denkoroku, el maestro Keizan aclara que aquel “yo” al que se refiere Buda en dicha expresión, no es un yo cualquiera pues tanto la tierra como la totalidad de los seres proceden de este “yo”. Con otras palabras, cuando el Buda se ilumino, todos los seres junto a la gran tierra se iluminaron junto a él. Que la envergadura de estas palabras, que la compasión de esta primera enseñanza siga siendo transmitida de generación en generación.
