ESPACIOS

Un largo viaje,

Frente a la entrada.

A la espera.

Llegar a septiembre siempre ha significado emprender un viaje diferente. Un viaje hacia adentro, un viaje través de la historia y de la memoria. Un espacio que atraviesa la culpa, que traspasa lo bueno y lo malo para llegar a la estación de la madurez y del hacerse responsable. Algo que explica que la llegada de septiembre va más allá del aspiro por la dulzura que promete un sol poniente. Va más allá de una vana búsqueda en los mares de la tristeza y de los olores de una nueva pureza. Va más allá de una breve huida de los fríos que suelen acompañar al invierno.  Y es que la llegada de septiembre, más que un viaje cualquiera, siempre se ha demostrado ser en realidad un auténtico peregrinaje. Un viaje hacia el interior, hacia mí mismo en el cual la senda es la meta y a la vez el destino. 

En un espacio en el cual no hay donde llegar y a donde ir, nada más queda que fluir con la corriente que mantiene todo en movimiento. Nada más resta entonces, que desde las entrañas de la memoria que en ese mismo momento se actualiza preguntarse a fondo. Desde ahí surgen preguntas a lo mismo que respuestas. Preguntas como ¿cuál es la respuesta adecuada, cuando en nuestro alrededor a toda costa se intenta de encubrir que la libertad individual se define desde el individuo y no desde la moral religiosa? Sí, son espacios de claridad y por lo tanto de pureza los que trae septiembre consigo. Espacios de los que desde preguntas intensas surgen reflexiones profundas sobre nosotros y nuestro entorno. Espacios que permiten preguntarnos por ejemplo si esta ola de guerra cultural, de autoritarismo y de apropiación cultural indebida que estamos presenciando actualmente en todas las direcciones de la sociedad global que compartimos, en realidad no es ni más ni menos que una nueva agresión de índole colonialista. Una agresión que no fuese tan eficaz si en realidad no la llevamos dentro de nosotros mismos y a la que en este día de septiembre le quiero llamar por su nombre: culpa. La culpa, que no solo nos castiga a nosotros mismos y a quienes más queremos, sino que pretende inculcarnos que hemos de sentirnos responsables en cuanto a los errores cometidos y de esta manera justifica mantenernos atrapados en la desesperanza. Desde aquí, desde este espacio me pregunto ¿Cuál es la respuesta adecuada cuando reconocemos, que en realidad nuevamente nos encontramos frente a una agresión colonialista, que no duda en emplear la mentira para aplicar su herramienta más eficaz, la culpa? 

Aquí, en este espacio de septiembre, me niego a sentirme culpable. Es más, sentirme culpable sería como negarme a pensar a fondo. Significaría aceptar el dominio, aceptar el autoritarismo que protege los privilegios y por ende aceptar la mentira como la energía que regula, aprieta y subyuga la vida. Hasta me pregunto incluso ahora mismo, aquí en este mismo espacio y momento, si el sentirse culpable no significa la aceptación de la ignorancia, de la rabia, del miedo y del sufrimiento como la fuerza que regula la vida. Así, por su puesto que aquí mismo es donde surgen nuevas preguntas. Interrogantes como ¿cuál podría ser la alternativa a la cultura de la culpa? Y las respuestas las encuentro en una visión que no fragmenta la realidad en conceptos. En una visión en la que los errores conllevan la posibilidad de levantarse una vez más, para corregir y seguir aprendiendo a fluir con la vida, con la corriente de las causas y sus respectivas condiciones. 

En septiembre todo es diferente. En este viaje hacia adentro los espacios que abre la memoria en medio del recuerdo y la euforia son para mi aún más significativos, más intensos, más amplios,  pues constantemente me están advirtiendo a ser cauto en cuanto al como se han de llevar las relaciones disfuncionales. Para que siga siendo posible darle cuidado a la paz que nace desde adentro. Para cultivar la paz que surge del permanente ir y venir de todas las cosas. Llegar a septiembre entonces significa observar lo que nos a traído hasta aquí y desde esta experiencia darle un nuevo sentido a la memoria. Así se explica que llegar a septiembre no necesariamente implique la culminación de una espera. Como tampoco tiene que significar aspirar a llegar a encontrar lo divino en la tristeza, sino que más bien a volver a la unidad que surge desde una memoria despierta. Un espacio en el que la memoria también suele ser llamada silencio, luz, o quizás simplemente un darse cuenta. 

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