SOGYANANDAI

El decimoséptimo patriarca fue el venerable Sogyanandai. En cierta ocasión Sogyanandai escuchó a Ragorata recitar el siguiente poema:

Puesto que carezco de yo
debes ver el Yo.
Si me conviertes en tu maestro
Comprenderás que el yo no es el Yo.

Y, en aquel mismo instante, su mente se abrió y experimentó la iluminación.

Circunstancias

El maestro era hijo del rey Ratnavyuha de Sravasti. Apenas nació empezó a hablar y siempre se intereso por las cuestiones relativas a Buda. A los siete años de edad perdió todo interés en la felicidad mundana y recitó a sus padres el siguiente poema:

Me postro respetuosamente ante mi muy amado padre
y ante la madre de mi carne y de mis huesos.
Pero ahora debo abandonaros.
Os pido que tengáis compasión de mi.

Cuando sus padres se opusieron con firmeza a la decisión de Sogyanandai, el maestro se negó a comer, de modo que acabaron permitiéndole “renunciar al hogar” mientras todavía seguía viviendo con ellos. Entonces fue cuando el maestro de sus padres, Zenrita, le impuso el nombre de Sogyanandai. A los diecinueve años, el maestro todavía mantenía vivo el interés de convertirse en monje. Siempre estaba preguntándose: “¿Como puedo ser monje si sigo viviendo en el palacio real?”. Una noche apareció una luz celestial que ilumino un estrecho sendero y, sin pensarlo dos veces Sogyanandai se adentro en el. Al cabo de muchas millas llegó finalmente a un profundo acantilado en el que descubrió una caverna y, al penetrar en su interior, entro en samadhi.
El rey, al darse cuenta de que había perdido a su hijo, envío al monje Zenrita en su búsqueda, pero este no pudo dar con el. Diez años mas tarde, el venerable Ragorata, que se hallaba de viaje, atinó a pasar por Sravasti, por cuyas proximidades discurría el río Hiranyavati, cuyas aguas tenia un sabor delicioso y en cuya corriente aparecían las imágenes de los cinco budas. El venerable dijo entonces a la asamblea de monjes: “Este río nace a unos quinientos li de aquí, en un lugar en el que vive un sabio llamado Sogyanandai, un hombre del que Buda predijo que mil años después heredaría el rango de sabio. Cuando acabo de hablar, el venerable y sus seguidores emprendieron el camino río arriba hasta llegar a su nacimiento y, una vez allí, descubrieron a Sogyanandai sentado tranquilamente en samadhi. Entonces esperaron a que Sogyanandai saliera de su éxtasis, cosa que ocurrió veintiún días más tarde.

– ¿Estas en samadhi física o mentalmente?- le preguntó el venerable.
– Mi cuerpo y mi mente están en samadhi – respondió el maestro.
– ¿Si el cuerpo y la mente están en samadhi como puedes entrar o salir de el? – replicó el venerable.

Teisho

¿Cómo podéis, si el cuerpo y la mente están en samadhi, entrar o salir de el? Si practicáis el samadhi del cuerpo y de la mente entonces no debe tratarse del verdadero samadhi. El único samadhi verdadero es aquel que no tiene principio ni final. Debo deciros que, si entráis y salís de el, no puede tratarse del auténtico samadhi. En el samadhi no hay cuerpo ni mente. Si, desde le mismo comienzo, la práctica del Zen supone el abandono del cuerpo y de la mente ¿qué queda ahí que pueda ser llamado “mente” o que pueda ser denominado “cuerpo”?

– Por mas que entres y salgas de el, las características del samadhi no se extinguen. Es como el oro de un yacimiento. Por más que extraigas o añadas, el oro seguirá manteniendo su naturaleza de oro – dijo el maestro Sogyanandai.

– El oro puede estar en el yacimiento o fuera de el. Pero si dices que no hay cambio alguno en la naturaleza del oro ¿qué es entonces lo que puede “entrar” o “salir”? Si la naturaleza del oro no cambia, lo que entra o sale no debe ser el verdadero oro – replicó entonces el venerable.

– Tu afirmas que, si el oro cambia, no puede entrar ni salir, pero yo digo que el oro no cambia y, sin embargo, entra y sale – contestó Sogyanandai, sin entender todavía plenamente el significado, porque decir que no hay movimiento, pero que algo entra o sale sigue siendo una visión dualista.

– ¿Cómo podría ser oro lo que queda en el yacimiento cuando lo sacas de el? ¿Y si el oro sale del yacimiento, que es entonces lo que queda allí? – replicó el venerable. Lo que está fuera no entra, ni sale tampoco lo que está dentro. Si abandonas el cuerpo, la mente o el “oro”, lo haces del todo, y si entras también lo haces del todo. ¿Cómo puedes estar en un yacimiento y, al mismo tiempo, salir de el? Lo que queda no es oro. ¿Cómo llamas a lo que permanece? – inquirió nuevamente Ragorata.

– Si el oro sal del yacimiento, lo que queda no es oro. Si permanece en el, lo que sale no es nada – respondió el maestro demostrando entonces claramente su ignorancia sobre la naturaleza del oro.

– No es así – respondió Ragorata
Ciertamente parecía que Sogyanandai estuviera en samadhi y comprendiera el significado pero, en realidad, seguía sosteniendo una visión dualista de las cosas y del yo.

– Lo que dices no es claro. Por consiguiente, no hay verdad en ello y es como una telaraña arrastrada por el viento – prosiguió Ragorata, refiriéndose a las palabras del maestro. Luego agregó, lleno de compasión y de piedad: ¡Estas equivocado! Lo que dices resulta insostenible. Y puesto que tu afirmación no puede sostenerse, que lo haga la mía”.

– Aunque mi explicación se sostuviera, las cosas no son yoes – replicó el maestro que todavía no llegaba a entender al verdadera inexistencia del yo.

– Mi interpretación prevalece porque carezco de yo. Entiendes intelectualmente que las cosas carecen de yo, pero todavía no has llegado a comprender la verdad – dijo entonces el venerable.
– ¿Qué afirmación puede tener sentido, si no existe un yo que la establezca? – dijo el maestro.

– Precisamente porque carezco de yo determino su sentido – dijo el venerable, tratando de profundizar la comprensión del maestro.

Los cuatro grandes elementos carecen por completo de yo y tampoco existen los cinco agregados. Entonces fue cuando Sogyanandai entendió en profundidad la existencia del verdadero Yo, que esta mas allá de conceptos y diferencia y preguntó:

– ¿Con que sabio maestro has obtenido el conocimiento del no-yo?

– He comprendido la inexistencia del yo con el gran maestro Kanadaiba – replico el venerable.

Entonces Sogyanandai respondió:

Me postro ante tu maestro Kanadaiba
Porque careces de yo,
Te seguiré como monje
Y me convertiré en tu discípulo.

A lo que el venerable replicó:

Puesto que carezco de yo
Debes ver el Yo.
Si me conviertes en tu maestro
entenderás que el yo no es el Yo.

Quienes ven plenamente el verdadero Yo se dan cuenta de la inexistencia del yo ordinario. ¿Cómo podrían las diez mil cosas oscurecer esta visión? En ultima instancia, la experiencia y la comprensión no están separadas ni tampoco existe la menor distancia entre los distintos eventos o entre las diferentes cosas. No existe, pues, separación alguna entre una persona ordinaria y un sabio, y el maestro y el discípulo están fundidos. Cuando entendáis completamente este punto habréis entrado en el dominio de los auténticos patriarcas del Buda. Uno mismo es el maestro y el maestro es uno mismo. No hay espada ni hacha alguna que pueda separarlos.
En el mismo momento en que Sogyanandai entendió este punto alcanzó la liberación. Luego el venerable le dijo: “tu mente está libre y no se halla encadenada por mi”.
Después el venerable tomó un cuenco dorado con su mano derecha y ascendió al palacio del dios Brahma. Allí recibió como presente un aromático arroz y a al volver lo ofreció al asamblea de monjes, pero a estos no pareció agradarles. El venerable dijo entonces: “No os censuro por esto. Este no es mas que el fruto de vuestras acciones en vidas anteriores”.
Entonces se sentó junto a Sogyanandai y compartió la comida con el. Los monjes se quedaron desconcertados y el venerable les dijo: “Debéis saber que, quien comparte esta silla conmigo fue, en otra vida, el Tathagata Salaraja, un ser compasivo que ha regresado al mundo. Aunque hayáis obtenido en un Eón pasado el tercer fruto de la practica de la Vía, todavía no habéis erradicado completamente, sin embargo, todas vuestras impurezas karmicas.
– Creemos en los poderes sobrenaturales de nuestro maestro, pero dudamos que Sogyanandai fuera un buda en el pasado – replicaron los monjes.
– En vida del Venerado, el mundo era plano, no había colinas, el agua de los manantiales y de los ríos era dulce y exquisita, la hierba de los árboles florecían por doquier, el suelo era fértil, no existían los ocho tiempos de sufrimiento y las personas cultivaban las diez acciones virtuosas. Ochocientos años depuse de que el Buda muriera entre los árboles gemelos Sala, el mundo se cubrió de montañas y de valles y los árboles se marchitaron. Desde entonces, las personas han perdido la confianza suprema y su intención es insegura y vacilante. Ya no hay fe en la talidad, sino tan solo el mero deseo de poseer poderes espirituales- dijo el venerable, dándose cuenta de la soberbia de los monjes.
Dicho esto, hundió su mano derecha en la tierra y extrajo un puñado del agua pura de la esfera de diamante que le sirve de sustento. Luego la vertió en un cuenco de lapislázuli y la mostró a los monjes. Al ver eso, los monjes se arrepintieron de sus pecados y tomaron refugio en el maestro.
¡Que vergüenza que ochocientos años después del Tathagata se haya llegado a esto! Cuanta más vergüenza que, durante los últimos quinientos años – durante los cuales se ha difundido el nombre del Dharma del Buda- los seres humanos sean inconscientes de su significado! Como no hay nadie cuyo cuerpo y cuya mente haya alcanzado el reino de los budas, nadie pregunta lo que es. Y aun en el caso de que comprenda su significado, nadie se ocupa de cuestionarlo ni de mantenerlo vivo. Es cierto que algunas personas inteligentes tienen una cierta comprensión gracias a la bondad de la enseñanza, pero son demasiado perezosas y también carecen de fe y de comprensión verdaderas. Y cuando no hay gente sincera en la Vía, nadie puede despertar realmente la aspiración a la iluminación suprema. Deberíamos estar avergonzados y arrepentidos haber llegado a esta degradación final del Dharma como resultado de la torpeza de nuestras acciones.
Es una autentica lastima, gentes del bien, que no hayáis nacido en la época del verdadero Dharma y del Dharma falsificado, ya fuera como maestros o como discípulos. Pero debéis tener en cuenta el hecho de que, cuando el Dharma del Buda llego a nuestro país (procedente de la India y de China) estaba ya en declive y que no hace mas de cincuenta o sesenta años que puede escucharse aquí el Verdadero Dharma del Tathagata. Debéis pensar, pues, que este es el comienzo y que el Verdadero Dharma floreciera dondequiera que vaya. Habéis expresado vuestra valiente decisión de trabajar con diligencia y no creéis que vuestro yo sea el verdadero Yo. Ciertamente, si verificáis la inexistencia del yo y alcanzáis el reino de la no mente, sin quedaros atrapados en la mente o en el cuerpo, si no os identificáis con la ilusión o la iluminación, si no os refugiáis en la caverna de la vida y la muerte y si no caéis en la trampa de establecer diferencias entre los seres ordinarios y los budas, acabareis actualizando la existencia del Yo que ha permanecido inmutable durante interminables eones pasados y que seguirá inmutable en el eterno futuro.

Poema

He aquí mis ultimas palabras a este respecto:

Las formas que asume la mente
Son el despliegue de su misma actividad.
¡Cuan distintos son los rostros que llega a asumir el Yo!

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