HANNYATARA

Hannyatara (1)

El vigesimoseptimo patriarca fue el venerable Hannyatara.
– ¿Recuerdas tu pasado? – le preguntó, en cierta ocasión Funnyomita, el vigésimo patriarca.
– Recuerdo haber estado con el maestro hace eones – respondió Hannyatara, cuando exponías la enseñanza de la gran sabiduría (maha-prajna) y yo recitaba el mas profundo de los sutras. Es muy probable que nuestro encuentro actual tenga que ver con aquella remota causa.

Circunstancias

Prajnatara había nacido en el este de la India, una región gobernada por Dridha, un rey no budista que seguía las enseñanzas de un asceta llamado Dirghanakha. Cuando el venerable Funnyomita se adentró en sus dominios, el rey y el asceta vieron que el cielo y la tierra se cubrían con una niebla blanca.
-¿Qué significa este augurio? – pregunto el rey.
– No es un buen augurio. Es el siglo que presagia la llegada de un demonio – respondió entonces Dirghanakha, que sabia de la llegada del venerable y temía perder el favor del rey. Luego el asceta reunió a todos sus seguidores y, dirigiéndose a ellos, dijo:
– Funnyomita esta a punto de entrar en la ciudad. ¿Quién puede impedirlo?
– Conocemos varios sortilegios que nos permiten mover los cielos y la tierra y penetrar en el fuego y el agua. ¿Qué podríamos temer? – respondió un discípulo.
Cuando el venerable llego a la ciudad lo primero que vio fue una oscura bruma rezumando de los muros del palacio. Entonces pensó: “parece que tendré algunas dificultades”. Luego visitó directamente al rey, quien le preguntó:
– ¿A que ha venido el maestro?
– A liberar a todos los seres sensibles – replico el venerable
-¿Y como lo haces? – preguntó de nuevo el rey.
– Transmitiendo a cada una la enseñanza que necesita – respondió el venerable.
Al escuchar esto, el asceta no pudo reprimir su rabia y, haciendo recurso de sus artes mágicas, se transformó en una montaña que se colocó por encima de la cabeza del venerable. El venerable señaló entonces hacia la montaña y esta se traslado a la cabeza de los discípulos de Dirghanakha. Los seguidores, aterrados, apelaron entonces a la compasión del venerable quien, complaciéndose de su ignorancia y su ilusión señalo de nuevo hacia la montaña y la hizo desaparecer. Mas tarde instruyo al rey en los rudimentos del Dharma y le introdujo en la verdadera enseñanza.
En cierta ocasión, Funnyomita dijo al rey: “En este reino vive un hombre sabio que será mi sucesor”. En aquella época vivía en esta ciudad un joven brahmin de veinte años de edad que era huérfano desde su niñez e ignoraba hasta su mismo nombre. Le llamaba a si mismo Keyura, y todo el mundo le conocía como “el joven Keyura”. El muchacho pasaba el tiempo mendigando comida por los pueblos y era como el bodhistatva Sadaparibhuta (“el que nunca ofende”). Cuando la gente le preguntaba: “¿Por qué andas tan deprisa?” el respondía: “¿Por qué andáis vosotros tan despacio?” Y, si le preguntaban por el nombre de su familia, replicaba enigmáticamente: “El mismo que el de la vuestra”.
El rey y el venerable se hallaban paseando por la ciudad montados en el mismo carruaje cuando vieron al joven Keyura inclinar su cabeza en actitud de reverencia. Fue entonces cuando el venerable le preguntó: “¿Recuerdas tu pasado?” , y el joven replicó: “Es muy probable que nuestro encuentro actual tenga que ver con una antigua causa”.
En aquel momento el venerable dijo al rey: “Este joven es el bodhisattva Mahasthamaprapta. Este sabio tendrá dos discípulos, uno de ellos enseñara en el sur de la India, mientras el otro lo hará en China. Dentro de cuatro o cinco años quiero regresar a este lugar”. Finalmente, como resultado de las causas acumuladas en el pasado, el venerable impuso al joven el nombre de Prajnatara (jap: Hannyatara)

Teisho

Podemos afirmar que los patriarcas que transmitieron el sello de la Mente de Buda y los sabios que aclararon el dominio de la Mente – ya fueran hartas o bodhisattvas – eran Tathagatas eternamente perfectos y completos que no carecían de nada porque, independientemente de que parecieran principiantes o veteranos, todos ellos lograron transformar – aunque solo fuese un instante – el movimiento de sus mentes y desvelar, de este modo, su verdadero rostro original. Todos ellos eran, pues, idénticos al Tathagata y se hallaban fundidos con los venerables. En tal caso no puede afirmarse que algo aparezca o desaparezca ni tampoco puede hablarse de clases o divisiones especiales. Ver el presente es contemplar la eternidad y contemplar la eternidad es ver el presente. Todos ellos han nacido con nosotros y, del mismo modo, permanecemos juntos sin que exista la menor separación. En ningún momento, por tanto, puede decirse que no permanezcamos fundidos. Cuando alcancéis ese dominio no habrá pasado, presente ni futuro, ni tampoco facultades, objetos ni conciencias sensoriales. Según se ha dicho, la sucesión del Dharma y la realización trascienden los tres tiempos e impregnan el pasado y el presente. La aguja de oro y el hilo resplandeciente ya están enhebrados. ¿Quién es, pues, el “otro”, y quien el “yo”? En realidad no existe hilo ni tampoco existe agua. En ese dominio alcanzáis vuestro propio sitial y lo compartís con los demás.
En la exposición del caso hemos señalado que Prajnatara dijo: “el maestro exponía la enseñanza de la gran sabiduría (maha-prajna), mientras yo recitaba el más profundo de los sutras”. Si la forma – o cualquier otro agregado – es pura, también lo es, sin diferencia ni distinción alguna, la sabiduría inherente. Los seres sensibles son la misma naturaleza budica y la naturaleza budica es igual a todos los seres sensibles. El Dharma del Buda no es algo que provenga del exterior o que alguien pueda transmitir. Aunque podamos establecer distinciones, no existe, en ultima instancia, diferencia alguna. De este modo, al igual que ocurrió con Bashiashita, los meritos acumulados en vidas anteriores determinaron que el maestro fuese llamado “El que conduce a la otra orilla del prajna” Si no es posible separar el pasado del presente ¿Cómo podrían ser diferentes la vacuidad y la existencia? Un antiguo dijo: “Si lo comprendes plenamente y te conviertes en una persona sin problemas, ¿por qué habría de importarte que la substancia y la función sean idénticas o diferentes?
Cuando entendáis que la vacuidad es la sustancia de las diez mil cosas no habrá velo ni obstáculo alguno que enturbie vuestra visión. Cuando os deis cuenta de que las diez mil cosas son la función de la vacuidad, no existirá la menor diferencia. Es en este punto precisamente donde tiene lugar la transmisión del Dharma de maestro a discípulo. Si consideráis que el sello de aprobación de los patriarcas del Buda puede asumir formas muy distintas, todavía estaréis estableciendo discriminaciones. Aun comprendiendo que maestro y discípulo no son dos personas diferentes, seréis como aquel que, llevando un tablón sobre el hombro, solo puede ver uno de sus lados. Si observáis atenta y decididamente, os daréis cuenta de que la garza blanca que se halla de pie sobre la nieve no tiene el mismo color que esta, y que los mismo ocurre con el resplandor de la luna y las flores blancas que adorna los juncos. Quizás de este modo podáis recoger la nieve en un cuenco de plata y ocultar una garza en el resplandor de la luna.

Poema

Me gustaría decir unas pocas palabra para aclarar esta historia. ¿Quiere la gran asamblea escucharlas?

La luna llena que se refleja en el fondo de la charca
brilla, en realidad, en lo alto del cielo.
El agua del océano que inunda los cielos
es diáfana y pura
y, por mas que intentéis acumularla o medirla,
seguirá siendo inconmensurable.

(1) Según: Francis Dojun Cook (2006): Denkoroku (Crónicas de la transmisión de la luz) Maestro Keizan. Barcelona.

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